Hay cosas que no deberían depender de una foto en redes sociales para empezar a cambiar.
Hoy me toca hablar en primera persona. Ayer por la tarde/noche compartí en mis historias de Instagram una imagen de residuos abandonados en la periferia de Argamasilla de Calatrava: muebles, electrodomésticos, juguetes usados, restos tirados sin ningún cuidado. No era algo aislado, ni nuevo. Es una escena que, por desgracia, se repite más de lo que nos gustaría reconocer.
Lo que sí fue distinto esta vez fue la reacción. Esa imagen empezó a moverse, a compartirse, a llegar a más gente. Y, casi de inmediato, al día siguiente, el Ayuntamiento lanzó una campaña de concienciación sobre la limpieza del pueblo.
Y aquí es donde me paro a pensar. No desde la crítica, sino desde algo más profundo: los valores.
Porque el problema real no es quién actúa antes o después. El problema es que todavía necesitamos ver la suciedad reflejada en una pantalla para reaccionar. Que haga falta que alguien lo señale, que se haga visible, que circule, para que entonces nos incomode lo suficiente como para movernos.
La limpieza de un pueblo no es solo una cuestión de servicios o campañas. Es una cuestión de respeto. De respeto por el lugar en el que vivimos, por las personas que lo comparten con nosotros y, en el fondo, por uno mismo.
Tirar un mueble en un camino, dejar un electrodoméstico abandonado, no es solo un gesto incívico. Es una forma de decir que ese espacio no importa. Que no hay conexión con lo común.
Y ahí es donde creo que está el verdadero trabajo.
Más allá de campañas puntuales, lo que necesitamos es recuperar una conciencia más básica, más humana. Entender que el entorno no es algo ajeno, que no es “de otros”, que no es responsabilidad de alguien más. Es nuestro.
Me alegra que se haya actuado, claro que sí. Toda acción suma. Pero ojalá llegue un momento en el que no haga falta una publicación, ni una denuncia, ni una imagen que se haga viral.
Ojalá llegue un momento en el que simplemente no ocurra.
